Y no cansarme de repetir, -mamá, yo tambièn quiero ser artista- y lo sigo haciendo, pero ella sólo me sonríe. Soy lo que me ha tocado y como una vez te dije, cuando no hay màs remedio no hay vuelta que darle. Me hubiese gustado tener unas ganas inmensas, unos ojos color mostaza, un cabello fácil, el lunar más perfecto del mundo. Una nariz invisible y unas piernas kilométricas, pero nadie me preguntó. Ser lo completo, el momento que se espera toda una vida, pero que no se tiene por el miedo a que termine. La respuesta concisa, la palabra jamás pronunciada. Saber al primer trago aunque pasen treinta y cuatro mil ochocientos ochenta y nueve, el recuerdo con más emes de gusto del mundo, el brillo en los ojos, el azul entre las nubes, la alguien de algo. Me hubiese gustado otro nombre y no el mío, pero nadie me consultó a tiempo. Otro gesto, otra boca, un enfado sin tantos excesos, ni tan hiriente. Ojala no supiese esconderme tan bien, ni darme cuenta de cosas que no necesito saber, o no quiero. Te digo que a veces, hasta me hubiese gustado dejarme llevar, ser capaz de reírme del que menos y retorcerme al saber que algunos más y seguir riendo, pero no puedo. No pedí ser lo que te da tanta rabia ver y oír aunque no quieras, ni eso que echas de menos insoportablemente. Tampoco la imagen que siempre quisiste hacer, ni la palabra que nunca fuiste capaz de pronunciar, ni sentir.
Me hubiese gustado un sueño distinto, un camino menos absurdo, un día menos lluvioso, pero eso es algo que tampoco pude escoger, y no quiero.